Emili Alsina, director, Ediciones Just

Trabajar para todos

  • 11 de Dic, 2012

Hace poco recogíamos en Key4Communications la noticia de un catálogo sueco en el que se intercambiaban algunos de los roles de juego de niños y niñas, y aparecía, por ejemplo, un niño jugando con una muñeca y una niña empuñando una pistola de agua.

Es cierto que hay categorías que son cada vez más permeables: en gran medida, los niños imitan a los mayores y por eso ambos juegan con cocinas (los padres también preparan la comida) y con coches (las madres también conducen).

Esto no tiene nada de malo, al contrario: los expertos recuerdan que es muy positivo que un niño cuente con un repertorio lo más amplio posible de juego, y no tiene por qué renunciar a una experiencia que le resulta divertida, agradable y de la que va a aprender.

Sí que hay un peligro, como recuerda Christina Hoff Summers en The Atlantic : es bueno dejar que cada niño se divierta con las opciones que le resulten agradables, pero esto también implica que no se deben imponer roles de juego opuestos a los tradicionales. Es decir, no tiene nada de malo que una niña juegue con una figura de acción de un superhéroe. Pero tampoco es nada malo que juegue con una muñeca.

Este asunto de la publicidad se puede extrapolar a otros ámbitos dirigidos a las familias y al público infantil. Si uno hojea, por ejemplo, la revista Puericultura Market, verá que en la mayor parte de los anuncios es una madre quien empuja la silla de paseo o juega con el niño. Es positivo que de la publicidad invierta esta tendencia y muestre a un padre, entre otras cosas porque estas responsabilidades se comparten cada vez más. Pero del mismo modo que ocurre con los juguetes, si bien es positivo que se normalice la imagen de un padre usando productos de puericultura, tampoco es negativo que se recuerde el papel que siguen jugando las madres.

Para los profesionales es importante recordar esta actitud de apertura, pero no de imposición. Los juguetes que fabrican y venden son productos dirigidos a la infancia y que además de ser divertidos pueden ayudar, por ejemplo, a desarrollar la motricidad o el lenguaje del pequeño. No hay necesidad de restringir su público. ¿Por qué renunciar al 50% del mercado potencial? Eso sí, que un juguete no sea sexista no implica que el juguetero pueda obligar a nadie, niño o niña, a jugar con él.

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